
Después de una larga noche de insomnio entendí mejor que nunca lo que estudiamos hace unos meses en el seminario de Macbeth. Les cuento: para complacer a su nuevo señor, Jacobo I de Inglaterra, a quien fascinaba el tema de la brujería en su natal Escocia, William Shakespeare escribió en 1606 la obra que narra la historia de un rey escocés que se hizo de la corona asesinando a su antecesor. Cuando Macbeth, duque de Glamis y luego, gracias a su desempeño en batalla, thane de Cowdor descubre por boca de seres sobrenaturales que será rey, se desencadena un sangriento efecto dominó, cuya primera pieza es el buen rey Duncan, empujado por la influencia de la poderosa e inescrupulosa Lady Macbeth que no desea otra cosa que la máxima gloria para su esposo.

Ahora, ni en los dramas de Shakespeare, ni en la historia del Reino Unido (ni de otros reinos) la intriga y la sangre alrededor de una corona resulta cosa de gran novedad. Sin embargo, el hilo que nos conduce desde el primer acto hasta el último de la tragedia de Macbeth se sirve de una fuerza dramática completamente excepcional que logra, entre otras cosas, mantenernos en la punta del asiento al más puro estilo de El Exorcista. Las palabras clave aquí: noche, oscuridad, locura y muerte.
¿Fue alguna vez de día en la Escocia de Macbeth?Quizás un par de veces por un par de horas. Una de ellas en la mañana en la que se hace pública la muerte de Duncan, lo que acaba inmediatamente con la claridad de cualquier mañana. En esta Escocia el sol es frío y oscuro. Resulta muy difícil imaginar las macab

ras escenas de Macbeth en una atmósfera luminosa. Es más, la obra no sólo se sirve de la noche para arropar crímenes imperdonables, sino todo lo que ésta trae consigo: oscuridad, tinieblas, frío, miedo, silencio y por supuesto, el ambiente sórdido y amargo que trae consigo la sangre derramada.
El personaje de Kirk Douglas en
Lo malo y lo hermoso sabía lo que decía cuando dijo “La oscuridad tiene vida propia”. Para que se desencadenen cualquier cantidad de desgracias en las obras dramáticas por excelencia, lo primero que debe pasar es que se haga de noche. El resto viene por sí solo. Lo importante aquí es que, al dormir, se mantiene a raya todo aquello que la noche trae consigo. Como yo la otra noche, Macbeth está condenado a no dormir más pues su conciencia lo atormenta hasta la locura a causa de sus crímenes (aunque los míos hasta ahora se basan en no saber qué hacer con la tesis y el trabajo). Así, el pobre Macbeth (sí uno le agarra gran simpatía a pesar de todo) está completamente expuesto a las voces terribles de la noche. Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que el número de víctimas aumente con la paranoia del nuevo y tambaleante rey.
¡Me pareció que una voz gritaba ‘no durmáis mas!’ Macbeth mata el sueño, el sueño inocente (...) el morir de la vida diaria, baño de fatigas, bálsamo de almas laceradas (...) ‘¡No durmáis mas!’ Glamis ha matado el sueño y por eso Cawdor ya no dormirá. ¡Macbeth ya no dormirá! (Acto II, escena II)
Como se espera en semejante atmósfera, la locura impregna todas las líneas. La obra comienza y se desarrolla sobre contradicciones. Y no solamente en los personajes, cada imagen representa dos cosas contrarias a la vez. Días feos y hermosos,

personajes menos grandes y más grandes, la historia de un crimen y de intrigas terribles que nos atrapan como si fueran hermosos relatos. Todo dentro de la noche, de la que se sirve Shakespeare para brindarnos todo el efecto y todas las sensaciones. Es así como entendemos a plenitud
que las terribles brujas que abren la obra son sabias en su introducción a una obra, terrible por su historia, pero maravillosa por su fuerza dramática, complejidad de intriga, y genialidad discursiva. Por instantes inolvidables y de gran intensidad, Macbeth hace que el espectador se transporte a otro mundo, que esté al borde del asiento al más puro estilo de
El Exorcista. El diablo a veces puede decir verdad*:
Hermoso es lo feo y lo feo hermoso… ¡Qué nochecita!
PD. Kurosawa adapta a Mabeth en su
Trono de sangre (1957) y Polansky en
Macbeth (1972). Curiosamente, la de Polansky la financió Huge Helfner con su
Playboy Films.
*(Banquo:
tercer acto.)